Ciclo de directores: David Lynch (parte 2)
- Ventana Indiscreta
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A propósito del ciclo dedicado a la obra del legendario cineasta norteamericano que proyectará la sala de cine Ventana Indiscreta durante las dos primeras semanas de abril, nuestra revista presenta una selección de textos breves de diversos colaboradores sobre la influencia de David Lynch en sus vidas.
Por Redacción ESPECIALES / DAVID LYNCH

Varias semanas han pasado desde el fallecimiento de David Lynch y ante el ciclo de cine que conmemora su amplia y aclamada obra, optamos por rendirle homenaje no de manera crítica, sino recordando su impacto en nosotros. Hablar de Lynch no es sólo analizar los misterios de su obra, sino reconocer su impacto en nuestra forma de ver el cine.
José Carlos Cabrejo
David Lynch es un cineasta de una importancia que está asociada a etapas. Primero vemos un momento inicial donde vemos películas como Eraserhead (Cabeza borradora) como parte de su línea de películas de medianoche como El Topo de Jodorowsky o Pink Flamingos de John Waters, que van adquiriendo un carácter de culto, vinculado a los gustos alternativos. De ahí está su etapa en los ochenta con películas como Wild at Heart y Terciopelo azul, y luego en los noventa con Carretera perdida, y para los 2000 llega Mulholland Drive, que en una encuesta salió como la mejor película de este siglo.
Su importancia no está solo en ese reconocimiento, sino que no podemos entender el cine contemporáneo sin su obra, él dejó una marca muy fuerte en toda una serie de cineastas; incluso hay quienes usan el calificativo de ‘lyncheano’ para referirse a ciertas películas que tienen un aire entre lo atemporal y surreal, una atmósfera enrarecida que está presente en sus películas. Cuando uno ve su influencia en cineastas mujeres, como el caso de la directora de Love Lies Bleeding, muchas de sus imágenes parecen calcadas de Carretera perdida; lo mismo podríamos decir de La sustancia, donde vemos a Demi Moore iluminada de la misma forma en que el personaje de Patricia Arquette en Carretera perdida. Ahí vemos esa fuerte influencia de Lynch, y creo que es porque es un cineasta que ha trabajado de forma extraordinaria lo sensorial. Sus películas nos pueden llevar al absurdo, enfrentar algo que no podemos entender o nos pone ante películas que son como rompecabezas, donde unimos piezas sueltas y damos posibles sentidos a sus películas. Él siempre pensó en el espectador que siente mucho las películas, que es impactado por las películas que se abordan de una forma fuera de lo convencional.
Su relevancia también está en la televisión con el éxito de la serie Twin Peaks, y el culto que generó, especialmente su última temporada, donde desafió todas las convenciones con las que se hace una serie de televisión. Se zurró en el ‘cliffhanger’ y tenía imágenes que parecían de Jean Cocteau o de cintas experimentales. Fue un cineasta muy hábil con el sonido y con las imágenes, y muy capaz de crear imágenes que son realmente inolvidables. Son películas que puedes volver a verlas una y otra vez, y encontrar una nueva perspectiva o algo nuevo,como pasa con las grandes obras literarias de Cervantes o Shakespeare. Es llamativo verlo partir y sentirlo tan vivo en las películas recientes que tienen la marca de David Lynch.

Leny Fernández
Al asumirme como cinéfila militante a mis “veinte-muy-pocos”, me impuse deberes que cumplir. La cantidad de películas que existen en la historia del cine es infinita y, por tanto, era consciente que mi ignorancia tenía la misma dimensión -bueno, hasta hoy considero que, pese a mis esfuerzos, eso no ha cambiado mucho-. Entonces, un buen día tocó Lynch, el gran David. Blue Velvet y la serie Twin Peaks fueron el inicio. Con ellas entendí que lo cotidiano, y hasta lo bello, pueden enmascarar la putrefacción moral y espiritual, y que nadie escapa del fuego-pesadilla que entremezcla deseos y miedos. Luego vendría Lost Highway en una función del Cinematógrafo de Barranco que me dejó tan aturdida como fascinada. Una sensación que, de una manera u otra, no ha dejado de aparecer cada vez que me he acercado a su universo desafiante y bizarro.
La partida de David Lynch pesa más en tiempos en que la originalidad escasea, mientras en el cine campean frívolos efectismos y torpes ejercicios de profundidad. La falta de su genio marca el fin de una era.
Mariano Soto
No recuerdo exactamente si eran las dos o tres de la mañana. Estaba encerrado en mi cuarto sentado en una silla vieja y con las luces apagadas, al día siguiente no había clases y el insomnio me empujó a ver una película que llevaba un par de días postergando. Dos hombres se reúnen en un Winkie’s, uno en particular, para hablar sobre un sueño recurrente en donde un extraño hombre aparece detrás del local en el que están y deciden ir a comprobarlo. El hombre se acerca lentamente y con temor, sabiendo que puede encontrar algo, y yo observaba con temor sabiendo que podía aparecer algo. Finalmente sucedió. David Lynch me dio el susto de mi vida. En ese momento algo cambió para siempre, me encontraba en el umbral entre los sueños y las pesadillas. Me di cuenta de que algo era especial porque incluso estando aterrado y bastante confundido me sentía incapaz de quitar la mirada de la pantalla, como un joven escondido en un armario que observa con curiosidad, miedo y morbo a través de una pequeña rejilla algo que no podrá olvidar. No sabía en lo que me había metido, y hoy, varios años después, sigo sin saberlo.
No era mi primer contacto con la filmografía de Lynch, pero si el que cambió mi vida. Días antes había visto Rabbits (2005) una tarde que tenía mucha hambre porque el gas de mi casa se acabó mientras se cocinaba la comida, una situación cotidiana que se me hizo bastante extraña y que acompañó perfectamente lo que acababa de ver. Horas más tarde me encontraba perdiendo la cabeza con Carretera Perdida (Lost Highway, 1997), la cual volví a ver dos veces después de mi visionado de Mulholland Dr. (2001). Así empezó mi primera gran obsesión con el cine, sentía que había descubierto algo, había empezado a ver las películas con otros ojos, con otras inquietudes. Empecé a buscar algo que todavía no sé qué es. Con saltos entre el surrealismo, el noir, el policial, el thriller, la comedia y hasta el melodrama y la road movie, Lynch construyó universos en los que lo banal y cotidiano se encontraba con lo absurdo, lo misterioso y lo terrorífico. Capaz de encerrarnos en sueños y pesadillas y de permitirnos dudar quién es el soñador, de llevarnos a lugares rodeados de cortinas rojas y escenarios con puestas musicales memorables, de revelar la ternura del ser humano o de mostrarnos el mal como un ente ajeno e inevitable. Toda la concepción tanto estética como conceptual de su obra deriva en una completa fascinación por el cine, cómo no enamorarse. Con el tiempo y los revisionados dejé de intentar buscar explicaciones a sus películas, las preguntas dejaron de buscar respuestas y se empezaron a alojar en más preguntas. Era momento de sentirlas, sabiendo que cada vez me dirían algo nuevo, aunque nada haya cambiado.

David Lynch es uno de los directores más importantes en la historia del cine. Revolucionó la forma en que se hace y se mira, e incluso diría que también cambió la historia de la televisión. No se entiende el cine contemporáneo sin su trabajo y no hay series que no existirían de no haber sido por él. Su impacto escala más allá del séptimo arte y llega hasta lo cultural, su imaginario surrealista e irreverente derivó en un término con su apellido para describir ciertas situaciones inexplicables. Como estar caminando con amigos durante horas por calles misteriosas, desconocidas, laberínticas, solo para salir y volver a aparecer en el mismo lugar, notar los rostros extraños de las personas o elementos en las casas que parecen pertenecer a otra época, a otra dimensión si se quiere, y que el ambiente sombrío provoque que todos se miren y digan al unisono: “qué lyncheano”. El mismo David Foster Wallace (1996) compara lo lyncheano con lo posmoderno o lo pornográfico, pues es de esos términos que solo se reconocen cuando se ven. El mundo que Lynch creó empezó a escapó de la pantalla, otra vez dejándonos entre los sueños y la realidad.
Lo considero un maestro a quien no conocí personalmente, pero con quien siento haber tenido muchas conversaciones. Me alegra no haber descubierto sus misterios y que su influencia me haya convertido en quien soy. Su cine me abrió las puertas a un mundo desconocido en el que aprendí a vivir y en el que tuve la suerte de conocer a grandes amigos. El cine siempre estuvo allí, pero me enseñó a verlo de otra forma. Ahora que no está, los ángeles ya no podrán ayudarnos, pero el fuego siempre caminará con él.
Gustavo Vegas Aguinaga
Antes de entrar al mundo de la cinefilia, el nombre de David Lynch me era ajeno. Sabía de su existencia solamente para agruparlo junto a Tarkovski, Bergman y otros cineastas que me recomendaban insistentemente. Tal era la persistencia que por años me rehusé a ver algo suyo. Prejuicioso de mi parte, lo sé. Pero estoy seguro que a más de uno le ha sucedido. En fin, flash-forward a los años pandémicos. Previo al estreno de Duna (Dune. Dennis Villeneuve, 2021) decidí ver la versión de Lynch pues mi padre me había comentado que la vio hace años. Mi primer encuentro con una película de Lynch no fue el mejor. Meses más tarde intenté ver El hombre elefante (The elephant man, 1980), pero en aquella época me acechaba un malestar pandémico y no me sentí animado a terminar la cinta. La dejé a los pocos minutos de iniciada.

Años pasaron y nunca le di la chance merecida a Lynch hasta que conocí a mis amigos. Era junio del 2023 y con un par fuimos a ver Terciopelo azul (Blue Velvet, 1986) en la sala de cine Ventana Indiscreta. Quedé no sólo impactado y asombrado, sino que nació en mi una curiosidad enorme de descifrar lo que acababa de ver, una emoción que renovaba mi pasión por el cine. Había algo en Lynch que de algún modo decodificaba el lenguaje del cine y de los sueños y lo ponía en pantalla. Había algo muy macabro y oscuro en Jeffrey y sobre todo en Frank que, con mucha culpa, fue mi personaje favorito de la película. Lo supe entonces: Lynch era capaz de canalizar la maldad y brutalidad del mundo y hacer pasar todo eso como algo normal. Y viceversa. Bien lo dicen en la cinta: es un mundo extraño. La película se quedó en mí hasta ahora y todavía la pienso. Lo advertía la canción de Roy Orbison que interpreta un sublime Dean Stockwell: in dreams I think of you (en mis sueños pienso en ti).
Dos días después vimos Mulholland Drive (2001), donde Lynch no sólo volvió a sorprenderme, sino terminó de enamorarme. Logró mezclar realidad y fantasía con metaficción y demás elementos que forman un drama muy logrado y misterioso. Es en esas incógnitas donde, otra vez, encontré el mayor atractivo. Nos vi a nosotros en esas butacas de Ventana Indiscreta como si fuésemos Naomi Watts y Laura Harring en El Club Silencio presenciando el show de Rebekah del Río y no he podido desde entonces olvidar esa escena. Mientras escribo estas líneas escucho a la “Llorona de Los Ángeles” y su llanto apasionado me acompaña para recordar a Lynch. A veces es necesario creer en algo como vía de escape. La ilusión de que algo nos va a cambiar la vida es precisamente lo que nos hace aferrarnos a esta, tal como hace Betty Elms. Eso, para mí, es el cine. Una gran ilusión y un escape a lo macabro de nuestra realidad. Es el camino de los sueños.
Tiempo después, gané un sorteo y tuve la suerte de ir a ver Blue Velvet con mi novia (con quien la había visto antes en Ventana Indiscreta previo a ser pareja) y la sala estaba vacía. Fue, en ese sentido, una función privada y creo que no hubo mejor forma de ver a Lynch: los dos solos frente a la gran pantalla siendo testigos y partícipes de los crímenes, pesadillas y misterios de un cine al que evadí por mucho tiempo, pero llegó a mi en el momento justo para convertirme en ese tipo que, sin querer queriendo, se embarca en una aventura llena de oscuridad y luces. Un día mientras caminaba hallé un billete en el suelo y desde entonces miraba abajo por si me topaba con algo de fortuna. Ahora, cuando camino, me fijo por dónde voy a ver si me encuentro una oreja cercenada y así comienza otra andanza.
